La Pasarela

Cuento ilustrado.

Ese día, al entrar en la pasarela una fina telaraña estalló contra mi cara, solo una línea aérea, algo invisible se rompió en silencio, un sutil accidente con el que supe que aquel día seria distinto.



Desperté con la desorientación propia del que no duerme en su cama. El ruido de una madrugadora aspiradora fue la culpable.

Durante un rato permanecí perezosamente quieto, mirando los reflejos de luz que entraban por las persianas semi bajadas, formando extrañas figuras en el techo y en la pared.

Un intenso olor a potingues corroboraba mi sospecha. No estaba en mi casa, mi casa no huele, al menos eso creía, los ruidos y la luz eran diferentes.


Fue durante las vacaciones de verano, en la que mis padres me enviaron a pasar un mes con Elena, la hermana mayor de mi madre.

Elena, gorda como las mujeres sin amor a los cincuenta, vivía sola en su coqueto piso de soltera en aquel pueblo relativamente grande; por lo menos eso a mí me parecía a esa edad. Ese mes cumplí doce años, no olvidaré que fue el cumpleaños más aburrido con el que puede soñar un chaval.

Elena, hizo un bizcocho que merendamos los dos solos con un repugnante chocolate a la taza lleno de grumos. Tentativa inútil por agradarme por parte de la hermana mayor de mi madre. Lejos de la mirada de mis padres, tiempos de libertad cabalgaban en mi interior, me sentía libre y no estaba dispuesto a caer en las garras de Elena ni de su lengua que no dejaba de dar órdenes con voz alta y tirante.

El problema era que allí no tenía ningún amigo. En otro intento, la hermana de mi madre me llevó al piso de una vecina que tenia un hijo, que según decía ella, era de mi misma edad. En realidad era dos años menor que yo, y esa, era mucha diferencia.

El colega era un plasta muy aburrido, que permanecía todo el día frente al televisor y además no le dejaban ir a ningún lado. Como no me apetecía permanecer un mes encerrado en un piso en compañía de aquel muermo, opté por pasar el tiempo deambulando solo por el pueblo hasta que conseguí que la hermana de mi madre me inscribiera en la piscina del polideportivo donde ir a nadar.




Camino del poli cruzaba una pasarela sobre el río y siempre me detenía en el centro para mirar el agua tratando de descubrir alguna trucha. Me agradaba percibir la vibración del suelo de madera cuando alguien caminaba sobre él, era como una inmensa mecedora balanceándose sobre la corriente, el canto de los pájaros, la penumbra de los grandes árboles, un microclima perfecto para la fantasía.

En el agua del río dos truchas peleaban contra la suave corriente, cazando todo lo comestible que pasara a su lado. Fue cuando el suelo de madera de la pasarela vibró intensadamente, miré a ambos lados y allí no había nadie.








Las dos pequeñas truchas que había estado observando desaparecieron.


Percibí que detrás de mí había alguien, giré rápidamente y vi al viejo que pasaba por detrás mío, llevaba una bolsa de la compra y la mirada fija en el suelo, ignorando todo a su alrededor. El viejo caminando parsimoniosamente como si el sol fuese a aplastarlo contra el suelo, salió de la pasarela y se perdió por entre la ribera del río y el muro de la residencia de ancianos.

Al día siguiente ocurrió algo también extraño, pero al revés. Permanecía quieto en el centro de la pasarela cuando vi venir al viejo y al pasar por detrás de mí desapareció.

Me quedé mirando en todas direcciones entre asustado y sorprendido.


El tercer día no apareció. Esa tarde veraniega el pueblo permanecía inmóvil, caído, moribundo. Harto de esperar me fui a nadar. Al salir del depor vagabundeé por las calles con la esperanza de encontrarlo, pero no hubo suerte.

El cuarto día me crucé con él antes de llegar a la pasarela y no pude contener la tentación de seguirle. Fui detrás de él varias calles manteniendo la distancia. Al torcer en una esquina corrí para acercarme y al mirar a la vuelta no estaba. Supuse que había entrado en alguno de los edificios cercanos. Esperé casi media hora en la esquina, cuando estaba a punto de irme lo vi salir de un portal con la bolsa de la compra llena.

Me alejé caminando delante de él, y cuando llevaba unos cincuenta metros me di media vuelta con la intención de encontrármelo cara a cara, pero allí no había nadie. Esperé un rato y nada, no volvió a aparecer.


Dos días después lo vi inmóvil junto a un pórtico. Y en el momento que salía una señora él se introdujo furtivamente en el portal.



Esperé y al rato salió con la bolsa de la compra en la mano llevando algunas cosas. Fue cuando me di cuenta que al entrar no llevaba nada en la mano y ahora salía con esa bolsa.



Comprendí o más bien intuí lo que ocurría. Sin reflexionar me le puse delante y le dije:
-¡Eso que hace no está bien!
Con tono amable me contestó:
-¿Por qué has tardado tanto?
Su voz provenía como de algún lugar sumergido, secreto, alejado.
Más sorprendido yo que él, afirmé:
– ¡Usted está robando!
Comenzó a caminar y dijo a modo de disculpa:
- Con la pensión que cobro es el único modo que tengo de llegar a fin de mes. Es otra manera de pedir limosna, pero eso si, ellos no liberan su conciencia, porque no saben que lo hacen. Nada más. Ya me entenderás. ¡Ven sígueme!




Aceleró el paso de tal forma que yo no esperaba que fuese capaz. En un portal unos metros más adelante una puerta se cerraba lentamente y un señor se alejaba de allí, con sumo reflejo y justo a tiempo puso su pie en el hueco entre la puerta y el marco, empujó con todo su cuerpo la puerta hacia el interior y me hizo señas de que me apresurara a entrar. Tragué saliva y le seguí.

Llamó al ascensor.
Entramos.

Tocó el botón del tercero.

Salimos al rellano del tercero, con agilidad gatuna pegó su oreja derecha a la puerta del A y me observaba por el rabillo del ojo. Cambio a su oreja izquierda. Se dio media vuelta y me dijo que no con un movimiento de cabeza. Con rapidez sorpresiva repitió la operación en el piso B esta vez comenzó a arañar la puerta con sus uñas, esperaba unos instantes y repetía lo del arañazo. Sacó de su bolsillo del pantalón unos pequeños alambres y los introdujo en la cerradura de la puerta y con otro alambre hizo un pequeño giro. La puerta cedió, sujetándola con un gesto rápido la abrió casi hasta la mitad de su recorrido y en con un ágil paso de baile se introdujo en el apartamento. Se me quedó mirando a la espera que le siguiera, yo estaba petrificado con la sensación que dos fibrosas manos se aferraban a mis tobillos.

Me cogió de la solapa y en todo un movimiento continuo me arrastró al interior, cerró la puerta y se cuidó de que el pestillo no hiciera ruido. Avanzó rápidamente por un pasillo deteniéndose a oír junto a cada puerta. Del bargueño del salón cogió una botella medio vacía de brandy que estaba cubierta de polvo, se dirigió a la cocina, debajo del fregadero había dos botellas de suavizante para la ropa, una estaba a medias, cogió la llena, en la encimera en una pequeña fuente había unos diez limones cogió dos, abrió la nevera, miró detenidamente y por fin cogió una tarrina, sin empezar, de queso de untar. Todo lo iba introduciendo en la bolsa del súper que llevaba en el bolsillo. Me dio un empujón hacia la puerta de entrada y esta vez desde dentro del piso volvió a pegar la oreja junto a ella. Abrió rápidamente, se acercó al ascensor lo llamó y volvió a cerrar la puerta con suma delicadeza para que no hiciera demasiado ruido.


En la acera se movía tan lentamente que me volvió a sorprender su calma y parsimonia. Todo se había desarrollado sin palabras. Los pocos minutos que duró a mi me parecieron eternos y fue tal la conmoción que me temblaban las piernas.

Estaba viviendo una aventura como la que nunca había soñado y además era totalmente inconsciente del riesgo.
-Tienes mucho que aprender todavía -dijo- sobre todo a mantener la calma y poner todos los sentidos en ello.



Caminábamos lentamente y a la par por aceras vacías recalentadas por el sol.
-Pasar desapercibido, ser muy rápido cuando hay que serlo y lento en su momento para no llamar la atención.
-El descuido es nuestro mejor aliado y la ganzúa nuestra herramienta.
Se detuvo.
-Nunca jamás debes usar la violencia, no rompas nada.
-Que la ambición no te domine.
-No cojas nada que no necesites, por muy bonito que sea o lo mucho que brille.
-Siempre poco y de poco valor.

Hicimos una pausa a la sombra de la mole de cemento del polideportivo.










Reiniciamos la marcha y cuando iba a preguntarle sobre los arañazos en las puertas, me di cuenta que estaba solo. Empecé a odiar cuando hacia eso.


Esa noche casi no dormí, ansioso porque llegara el día siguiente para volver a la aventura.


Antes de lo habitual ya estaba yo en la pasarela. Las truchas ya no me llamaban la atención. Lo vi pasar por una calle aledaña, corrí hasta él. Se detuvo bruscamente y sin mirarme, dijo:
-¿Que te he dicho sobre la velocidad?
-¿Es que quería preguntarle sobre los arañazos?
-Es para saber si hay perro... hay perros que no reaccionan al ruido de la cerradura he incluso que se acostumbran al timbre... pero seguro que no soportan la presencia de un posible animal...

Hacia pocos días que nos conocíamos y ya había un acuerdo tácito, el enseñaba, yo aprendía.
Él hablaba, yo escuchaba.
-¡Ven!
Caminamos unas calles bajo un cielo implacable y sin nubes. Se detuvo.
-Quiero que estés muy atento a los ruidos... abre tus orejas...

Comenzó a observar una de las casas bajas de la acera de enfrente. Cruzamos.



Boquiabierto me quede cuando vi que tocaba el timbre. Miró a ambos lados de la calle a la vez que sacaba del bolsillo sus pequeños alambres, abrió la puerta y dándome la bolsa del súper me empujó dentro y me dijo:
– ¡Te espero en la esquina! ¡A ver como lo haces!
Dejó la puerta arrimada pero sin cerrar. Y a mi dentro y solo.

Es increíble todo lo que suena en una casa donde no hay nadie. Y allí estaba yo, en un pequeño hall que olía a rancio, lleno de mesitas, perchero, paragüero, espejos, junto a una escalera que supongo daba a los dormitorios, un pasillo en ele, una puerta a la cocina, que fue, frente a la que me detuve. Se oía un zumbido, un sutil tic-tac, era la lavadora que en ese momento comenzaba a tirar el agua del aclarado. El gorgojeo de la nevera. Crujidos en las paredes. Un coche que pasaba por la calle. Dos corazones golpeaban en mis oídos, un tercer corazón subía por mi garganta, el del pecho bombeaba frenético alcanzando mis sienes. El plástico de la bolsa crujía en mis manos. Y el colmo; en una mesita justo detrás mío comenzó a sonar el teléfono. La piel se me abrió en un millón de poros.

Salí dando un portazo, sin correr pero a paso ligero pasé junto al viejo, tiré la bolsa y sin hacer a caso cuanto me decía.
-¡Espera! –dijo.
Me había meado en los pantalones.
Entré en la casa de la hermana mayor de mi madre.
-¡Que pronto has vuelto!-me dijo sorprendida.
Sin contestar me refugié en el servicio.

Dos días mas tarde estábamos en la cocina de un piso y el viejo abriendo la nevera decía:
-Aquí se esconden todos los secretos de una familia... si no hay muchos restos de comidas es que aquí vive una mujer mayor, ahorrativa y serena... precocinados, congelados, ensaladas lavadas... pocos de familia, hombre soltero, buenos ingresos... muchas salsas, mayonesas, ketchup, mostaza, yogures, salchichas, quesitos... -¿Te gustan los quesitos?- jóvenes, niños... ya iras distinguiendo...








Me encontré con su mirada cómplice que decía mucho más que las palabras.
Yo me ocupaba de la alacena, una lata de tomate frito, otra de atún, un sobre de aceitunas rellenas, cosa así. En el cuarto de baño, dos cuchillas de afeitar. Y el viejo me volvió a sorprender, de un armario grande que había en ese servicio, cogió, entre un gran montaña de toallas una de las de abajo.
-Nuestros benefactores deben pensar siempre que son cosas que se han perdido o las han olvidado u otro familiar las ha cogido...




Todas las tardes esperaba en la pasarela. Todavía cimbraba el suelo de madera de la pasarela con las pisadas de los últimos transeúntes cuando apareció sorpresivamente detrás mío con su bolsa en la mano, que por la forma que se estiraba era de suponer que llevaba algo pequeño pero muy pesado. Como de costumbre no nos saludábamos simplemente caminábamos a la par.
-Esto no es cuestión de todos los días, no hay que engolosinarse, dejar por un tiempo hasta que la suerte ayude y si alguna vez a la hora de actuar te asalta un mal presentimiento, no lo dudes y pasa de todo; otro día será.
-Pero por lo que veo tú acabas de hacerlo.
-Te equivocas, ya verás.
Esta vez recorríamos la ribera, río arriba, alejándonos del pueblo, entre huertas y choperas.
-Ven... es siempre agradable sentarse a la tarde –dijo el viejo-, antes que los mosquitos empiecen a picar. Era un día caliente y redondo como una bolita. Nos cruzaron con una pareja que paseaban a un viejo perro bajo el tórrido sol.





Por una pequeña senda alcanzamos la orilla del río y nos sentamos sobre un tronco a la sombra de los chopos. Inmóviles y en silencio mirábamos el curso de agua. El viejo con los ojos brillantes tenía como una revelación pintada en la cara.
-Chaval –dijo el viejo al fin-, ¿te gustaría ser vendedor de zapatos? Me desconcertó.
-No sé. Aún no sé qué seré.
-Lo que quieras, chaval –dijo el viejo-. Nadie podrá detenerte.
El viejo acomodó su trasero sobre el tronco y de la bolsa extrajo una caja que contenía una cerradura, la puso en mis manos. Sacando un par de juegos de ganzúas del bolsillo dijo:
-¿Vamos ha ver que tal se te da?
Pasamos la tarde practicando. Volvíamos del río de ver la cerradura y sus secretos, cuando al dar la vuelta a la esquina de la casa, de la hermana de mi madre, el viejo había desaparecido.
-¡Odio cuando hace eso...!


Mi último día de vacaciones en el pueblo, lo busqué para despedirme, pero no lo encontré.


Del viejo nunca supe su nombre ni donde vivía, pero si le agradezco que me enseñara a descubrir mi vocación, hoy soy un honesto cerrajero que ha puesto esta tienda con la herencia que me dejó mi querida tía y que sigo aborreciendo el chocolate con grumos.

-¡Ah!... y siempre que en casa falta algo; ya se donde está.






La Pasarela
Cuento ilustrado.
Texto y Fotos por
Peter Rohm.
(15 agosto 2007)


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